EL FÉNIX CANSADO

Publicado el 19 de mayo de 2026, 13:23

Hay momentos que nos obligan a resurgir de entre las cenizas… momentos que representan muertes internas, caída de todo lo que tienes y conoces, y en donde sólo queda lo que siempre ha sido permanente: el tiempo…

El tiempo que, después de mostrarte el hartazgo del sin sentido y el vacío del absurdo, te muestra que lo único que queda es tomar tus cenizas inertes para buscar una forma a la existencia hueca y cansada de tanto hacer, esforzarte y quedarte sin nada… 

Y, como un vuelco al destino, las cenizas, al juntarse, recuperan la vida, se llenan del fuego de la Divinidad y te impulsan al cielo transformándote, sólo si tú lo quieres, en algo más fuerte y con más valentía que lo que habías conocido: el Fénix.

Ese resurgir del alma, te puedo decir por experiencia, no viene del dolor. Fue impulsado por el dolor, pero viene a través de tu decisión… porque, aunque las cenizas tengan la capacidad de volver a transformarse en fuego, no pueden permanecer juntas si no decides tú mismo dar el salto de fé y decirle “sí” a la vida. 

Si no hay decisión, en vez de Fénix serán sólo fuegos fatuos.

La decisión consiste en un acto de amor ciego a tí mismo: cuando todo y todos te dicen “no”, tú decides dar un “sí”. Cualquier persona que haya tenido que pasar por el proceso puede fácilmente entenderlo. Entonces, al decirle sí a la vida, la vida te muestra los “sí” de tu nuevo camino y comienzan a abrirse las nuevas posibilidades y las nuevas experiencias. Y quien un día te dijo “no”, se inspira con tu renacer y, desde lo más profundo de tu ser, te dan las ganas de compartir… compartir el proceso, para hacer más ligera la carga de quien tiene que atravesar sus propias muertes, y facilitarles el proceso.

Pero, al paso del tiempo, te vas dando cuenta de que el mundo no quiere respuestas, quiere quien haga el trabajo por ellos… tu gran acto de valentía se convierte en una “normalidad”, el dolor que te llevó a vivir el proceso se convierte en “tu culpa” o “tu estupidez”, y el renacer en “lo mínimo que deberías habías hecho, pues ya ves qué tan fácil lo pudiste hacer”...

Y ante los juicios, las críticas y la invalidación, el Fénix, poco a poco, comienza a decepcionarse de la falta de empatía, de las nuevas cargas y comienza su deceso nuevamente a las cenizas…

Pero en esta ocasión será diferente: con la fuerza que se ganó, conoce el terreno. No le gusta, no lo quiere, porque la primera caída le hizo conocer el dolor más profundo y aumentó su sensibilidad… Incluso muchas veces el volver a esa tierra inhóspita pudo ser provocado por aquellos que un día quisieron robar su luz o colgarse de ella para brillar, para servirse con la cuchara grande de la cosecha que ellos nunca sembraron, pero lo único que sigue es volver al vacío, a quedarse sin nada, y dentro de esa nada, se da cuenta que tiene algo que significa todo para él: se tiene a sí mismo

Conociendo el proceso en el sin sentido, ahora la decisión es más consciente: para volver a salir necesita decidir hacerlo, con más rapidez y con la fuerza que lleva de sí mismo. Y vuelve a resurgir, como Fénix más fuerte y con más brillo

Quienes estuvieron ahí en la primera caída, comienzan a tener un poco más de respeto; quieren aprender porque ahora su nuevo comienzo significa un expertise más que una sóla experiencia. 

Empiezan a reconocerle, incluso a admirarle, pero el dolor de las caídas le otorgaron al Fénix la capacidad de ser humilde: de saber que, aunque es fuerte, también es vulnerable, y que el salir del hoyo dos veces no significa tener la certeza de no volver a caer, sino más bien es un recordatorio de que su sensibilidad y fragilidad crecieron junto con su fuerza. Y aprende a comprender que para resurgir en este mundo, hay que aprender a abrazar la oscuridad

Lo que permanece, después del segundo resurgir, es fuerza combinada con soledad. Quienes le rodean no entienden por qué es tan sensible siendo tan fuerte, o por qué si es tan fuerte y comienza a proteger sanamente y con armonía el nuevo territorio que tuvo que volver a construir, no es “sensible” y “compasivo” con los demás y regalarles el fruto que antes robaban con la cuchara grande, porque ellos son más “pobrecitos”, débiles, diciendo que la responsabilidad del Fénix, como fuerza, es cuidar y hacerse cargo de los débiles.

El Fénix sabe que, si ahorra el camino del aprendizaje personal a los demás, sólo los hará más débiles, porque ahora que se conoce, entiende que para resurgir cada ser requiere conocerse a sí mismo… y aunque cuida y da todo por quienes ama, incluso aún más que antes, porque su sensibilidad lo hace más capaz de amar sin condiciones ni juicios, es juzgado de egoísta, insensato e irresponsable por no querer hacerse cargo de la salud, la felicidad y la vida de los demás. 

Entonces, el enojo de quienes lo rodean se convierte en una batalla para lincharlo, provocando una nueva muerte, un volver al vacío inerte y a las cenizas…

Y vuelve el Fénix al punto cero, con el conocimiento de sí mismo, con su fuerza, su sabiduría y su sensibilidad, sabiendo el camino de regreso, tal vez más fuerte y resistente al dolor, pero con nuevos compañeros de camino: la duda y la pérdida de sentido. Ahora sabe cómo lograrlo, cómo hacerlo muy fácil, y que “fácil” no significa “sin esfuerzo”, porque cada resurgir requiere toda su energía vital y la fuerza de su alma, y de tratar de generar en sí mismo aún una fuerza más grande que la que tuvo que generar en sus otros resurgimientos. 

Pero, con la interrogante: “¿Tendrá sentido todo el proceso para volver a lo mismo? ¿En dónde irá a terminar todo ésto? ¿O algún día parará o tendrá algo bueno para mi?”, se queda quieto…

Y el Fénix, en vez de decidir salir, decide tomarse un tiempo, un tiempo para reflexionar. 

Tratando de encontrar una respuesta a la pregunta: ¿realmente valdrá la pena, el esfuerzo y el sacrificio regresar al mismo lugar? A donde sólo te buscan cuando necesitan algo de ti… A donde sólo te valoran por lo que das y nunca les es suficiente… A donde cuidas a todos pero no tienes derecho a ser cuidado, entendido o escuchado porque tú eres el “grande”, el “fuerte”... O sólo para estar preso de la eterna ansiedad pensando: “¿Ahora qué va a pasar? ¿Qué tendré que resolver hoy?”

Y harto y cansado de que la única respuesta que ha encontrado cuando quiere amor, apoyo o descanso es: “es que debe haber algo que está mal dentro de ti, o en tus ancestros, o en tu mente, o en tu espiritualidad”... Todo es: “tu culpa”... decide quedarse en el vacío, esperando una señal.

Cuando tu corazón está en el vacío, realmente llegas a conocer la eternidad. El tiempo se vuelve una constante, pues sólo vives en el eterno presente. Pero, desde la primera caída sabes que no estás solo: Dios está contigo. Dios te provee de vida, de fuerza, te demuestra Su amor. Y aunque el sin sentido sea muy grande, su Presencia basta… Puedes esperar eternamente descansando en Él. 

Y aunque no sepas si tendrás nuevamente que resurgir, puedes esperar… Aunque no sepas qué quieres, sí tienes muy claro lo que no quieres: no quieres volver al lugar en donde sólo te utilizan, al lugar vacío en donde sólo puedes dar para no recibir, en donde no hay un balance y equilibrio, y en donde tu voz no produce eco. 

El Fénix se queda en la incertidumbre. Se da cuenta de que, en esta última caída no se convirtió en cenizas, sino que sigue un Fénix completo y radiante, pero que no conoce su sitio, sabe que no pertenece a su origen aunque lo ama con profundidad; que no espera ya nada aunque la creación respeta el órden y el equilibrio entre dar y recibir. 

Y comienza a darse todo lo que siempre daba a otros, sabe que se basta a sí mismo, que ya no necesita el reconocimiento ni la aprobación de nadie, pero también sabe que está cansado de dar sin sentido, de ser inspiración llena de carga. Y decide no dar más, no por egoísmo, sino como una manera de cuidarse a sí  mismo; de no volver a permitir que alguien más vuele con las plumas que le arrancan violentamente para construir sus tronos con las ruinas que dejaron de él y que tanto le costó construir. 

Y comienza a hacer su morada en el vacío, con la única compañía que le basta: Dios. Con la única presencia que le da sentido al sin sentido, esperando un día poder ser un Fénix tan grande que pueda, con su vuelo, alcanzar una altura tan grande para fundirse en un eterno abrazo de amor con su Creador y, así, poder descansar en Él.

Sabe, dentro de su corazón, que habrá otra manera que no implique regresar para ser linchado, sino ascender siendo intocable

Y quienes lo rodean, por primera vez lo ven, creyendo que perdió su fuerza y su brillo, sólo porque estaban acostumbrados a tenerlo, y ahora que no lo tienen, lo comienzan a extrañar… Pero no quieren aceptar una gran verdad: que no puedes cosechar frutos de aquello en lo que no has trabajado, y que nada que se ha ganado por trabajo propio se puede llegar a perder… 

Y que los beneficios que les otorgaba el Fénix no se extinguieron, sólo están escondidos, atesorados, porque el Fénix ya no va a permitir que personas ajenas brillen con las batallas que tanto le costó ganar. 

Y suelta… suelta todo. Y comienza a recibir, irónicamente, todo lo que un día pedía: amor y comprensión. Un lugar seguro a donde pertenecer… Pero ya no lo necesita… al menos de afuera. Tal vez por cansancio, por el hartazgo de recibir para luego ser linchado, o simplemente porque sabe que ahora él es suficiente… Y si lo necesitara, no está dispuesto a pagar el precio del desprecio, el abuso, la mentira o la traición, porque se cansó de escuchar ecos huecos de promesas vacías y frases manipuladoras que implican “darlo todo para conformarse con migajas".

Es un nuevo despertar… 

El Fénix está cansado, cansado de dar, cansado de brillar, pero no por eso apagará su brillo. Sencillamente, no va a desperdiciar su luz y su fuerza en donde no produce frutos. Sólamente unos pocos, aquellos que genuinamente han sabido mirarlo, podrán compartirlo con él. 

Quizá porque también son Fénix cansados que permanecen ocultos, o porque son miradas puras que al mirar no exigen, o porque son seres de luz que Dios ha mandado a los terrenos inhóspitos a reconfortar a los Fénix cansados. Sólo de ese modo descansará en calma, en el lugar seguro donde pueda derramar su paz interior, mientras llega el momento de su ascensión. 

Cayó la máscara del propósito, de dejar huella, de ser factor de cambio. Y quizá, y sólo quizá así, algún día alguien recuerde que un día existió un Fénix, un Fénix que se cansó… pero que dejó una gran respuesta; y sólo aquellos que tengan ojos para ver y oídos para oír, serán quienes entiendan el mensaje y lo aplicarán desde su corazón a sus caídas, y se transformarán en otros Fénix… y muy probablemente sean ellos quienes reciban el reconocimiento de esa “gran respuesta”, o sean recordados como los promotores de “Una Gran Verdad”, novedosa y atractiva, aunque esa verdad sea antigua y forjada con los pasos que, mucho tiempo atrás, el Fénix cansado dio por primera vez... 

Pero eso no le importa al Fénix, pues entonces será cuando se tendrá la evidencia de que absolutamente “todo valió la pena”, sus lágrimas, su esfuerzo, sus risas, sus conquistas y sus pérdidas… Porque al Fénix ya no le importa ser valorado, reconocido, sino saber que todo tuvo un sentido y que dejó una semilla de esperanza y luz en donde estuvo...

Muy dentro de mí, creo que por eso es por lo que, un día, Jesucristo dijo: “Nadie es profeta en su tierra”... Y sí, así lo es… nadie es profeta en su tierra, en su entorno, en su tiempo… 

Un tiempo que desea la varita mágica que resuelva todos los problemas sin tomar responsabilidad, en el que nadie quiere hacerse cargo de sí mismo y, mucho menos de los demás. 

Sólo unos pocos, Fénix cansados, que se atrevieron a asumir la aventura de vivir, incluso en el vacío, encontrando a Dios dentro de ellos mismos; y sabiendo que, al final, todos somos Uno… Uno con Dios y con toda su creación.

Para todos esos Fénix cansados que ya decidieron no volver a resurgir, sino a dar un paso más grande: Ascender… 

No pierdas la esperanza, vive con la certeza de que todo tiene un propósito que, tal vez no sea “tu” propósito, pero es parte de un Propósito Divino, más grande. 

Y gracias a las almas puras, que miran con los ojos vacíos de sí mismos, pero llenos de amor. Que alimentan a los Fénix cansados, o que son también Fénix que están encontrando a su tribu. Porque llenan de luz cada espacio en donde pisan sus pies…

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios